Restar llevando (Anna Patata)

Aquesta entrada participa en el I Certamen de Cuentos y Ciencia organitzada pel Blog Cuantos y Cuerdas:


 A mi abuela

-Ahora toca hacer deberes- nos dice papá siempre.

Mientras friega los platos nos vigila por encima del hombro para asegurarse de que hacemos la tarea. Mi padre es un tipo un poco serio que trabaja en una empresa y hace una cosa que se llama contabilidad, por eso debe ser que le gusta que todo sea muy exacto.

Hoy en la escuela hemos empezado a restar llevando y me parece un poco complicado. La maestra nos ha mandado toda una hoja llena de restas para hacer en casa, pero a mi hermana y a mí nos parecen muy aburridos todos estos números en un papel. A Julieta le gusta más utilizarlos para dibujar una cara o unos garabatos, son realmente estupendos.

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Hoy nos ayuda la abuela Aurora. Mi abuela dice que tuvo mucha suerte porque pudo ir a la escuela y aprender a leer y escribir, pero aún no entiendo porque eso puede ser una gran suerte. Siempre nos cuenta que dejó la escuela a los 10 años porque su padre la necesitaba para trabajar en la fábrica, aunque su maestra intentó por todos los medios evitarlo porque decía que podría llegar a ser una buena maestra. Por eso nos puede ayudar con las tareas algunas tardes. A mi amigo Miguel su abuelo no le puede ayudar porque no sabe leer, supongo que por eso me dice que tengo suerte.

Mi abuela tiene el pelo un poco blanco, y la espalda un poco curvada. Sus labios parecen haberse cortado con el paso de los años, y sus ojos me recuerdan a huesos de aceituna, chiquitos y redondos detrás de los cristales gruesos de sus gafas que se agarran con cuidado detrás de la oreja entre pedacitos de algodón.  A veces abre una caja y nos enseña fotografías antiguas en blanco y negro, dice que son de cuando ella era joven, y siempre nos cuesta imaginar que esa mujer, que parece mamá y nuestra abuela sea la misma persona. En una foto se le ve paseando por la calle mientras todos los chicos la miran y le dicen cosas. Dice que nunca le gustó que no la dejasen pasear en paz, porque no la dejaban pensar y hablar consigo misma. Mi abuela piensa mucho. A mí y a mi hermana nos enseña a pensar muchas veces, dice que hablar sin pensar es lo mismo que comer sin masticar, porque luego no se puede aprovechar nada.

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Nos costó mucho entender qué quería decir pensar. Al principio creíamos que bastaba con cerrar los ojos y estar callados, pero entonces a Julieta y a mí nos entraban ganas de reír, y a veces incluso acabábamos rodando por el suelo a carcajadas.

– No sabemos pensar- le decíamos un poco decepcionados a mi abuela.

– ¿Cómo no vais a saber pensar? Un florero no sabe pensar, una silla y una mesa tampoco, pero ¿Vosotros? Vosotros tenéis algo aquí dentro – decía mientras nos daba golpecitos con el dedo índice en la cabeza- que os hace diferentes a un mueble.

– Si! – decía Julieta- podemos andar, jugar y hablar, y todas esas cosas no pueden.

– ¡Y tenemos que merendar todas las tardes!- añadí yo pensando en los fantásticos buñuelos que habíamos preparado la tarde anterior.

– Estoy segura de que pensáis muy bien, pero no os dais cuenta. Vamos a ver, ahora que ya os sabéis vestir solos, ¿cómo decidís que ropa os debéis poner cada día? ¿Cómo sabéis si hay que salir con bañador o ropa de montaña?

– ¡Pues es fácil! Miras por la ventana y ves si hace sol o si está nublado – respondió Julieta.

– Y sabes que hará frío si es invierno o calor si es verano – añadí yo.

– Y cómo sabes todas esas cosas? ¿Tu gato también sabe eso?

– Pues… ¡Mi gato no necesita vestirse! – apuntó divertida Julieta.

– Ya, tu gato puede mirar por la ventana y ver que llueve, pero, ¿sabrá que hace falta entonces  ponerse el chubasquero?

– ¡Nunca vi un gato con chubasquero! – gritó Julieta mientras se desternillaba de risa.

– Bueno, ¿y os acordáis de que habéis desayunado hoy?

– Claro; zumo de naranja y pan con aceite- respondí enseguida.

– ¿Y lo que cenasteis hace dos días?- preguntó de nuevo mi abuela.

Julieta y yo nos pusimos a recordar, la comida, y la cena anterior, y seguimos atrás en el tiempo hasta llegar a recordar la respuesta: – Creo que tortilla de patatas, ¿Verdad Román?

Decidimos la respuesta aún sin estar del todo seguros.

– Para recordar cosas muy lejanas también hace falta pensar- siguió la abuela.

– Creo que para hacer una resta llevando también hace falta pensar, pero si es fácil, entonces sale enseguida y no se piensa nada- Dijo Julieta.

– Eso es lo que tú crees, en realidad, has restado ya muchas veces y lo puedes pensar tan rápido que no te das cuenta. Cuanto más pensamos, más fácil y rápidamente lo hacemos. Pensamos con el cerebro, que es una especie de máquina que tenemos en la cabeza que cuanto más funciona mejor hace el trabajo. Si no le hacemos pensar, entonces se estanca y nos perdemos muchas cosas interesantes que no llegamos a aprender.

– Pero yo no quiero estar todo el día haciendo sumas y restas, eso es aburridísimo- me quejé imaginando hojas y hojas llenas de números que alimentaban mi máquina en la cabeza.

La abuela nos explicó entonces que se puede pensar de muchas maneras diferentes; cuando hablamos, cuando hacemos, cuando escribimos, también cuando bailamos o cantamos. Decía que a veces necesitamos hablar con otros para pensar mejor, y que incluso cuando imaginamos o inventamos también estamos pensando.

– ¿Y para qué me sirve pensar tanto? – dije ya un poco cansado de tanto pensar.

–  Imagínate que alguien pudiese vivir sin pensar: se vestiría de verano en días de nieve, pondría los zapatos en la nevera o los libros en la lavadora, compraría cosas que no le sirven para nada, llegaría tarde a todos lados…

– Pero yo no conozco a nadie así! – apuntó Julieta

– No claro, yo tampoco. Muchas veces pensamos sin darnos cuenta, es tan importante que todos aprendemos a pensar desde que nacemos. Pero la vida es mucho más divertida si se tienen ganas de pensar y hacer más cosas que nos parecen interesantes.

– ¿Así seremos los más listos de la clase? – pregunté pensando lo contento que se pondría mi papá por eso.

– ¿Qué es para ti ser el más listo? – preguntó sorprendida mi abuela.

– El que tiene las mejores notas, ¡claro!- dijo entonces Julieta.

– ¿Pero no creéis que también es inteligente el que pinta un bonito paisaje, escribe un cuento o conduce un avión?

– Pero a mí no me gusta mucho leer, prefiero los dibujos.

– Quizás tú necesites dibujar tus historias para contarlas, mientras otros lo hacen mejor por escrito o hablando o expresándose con el cuerpo como los bailarines.

-¿Abuela, me cansé de pensar, por qué no vamos a merendar?

Cuántas cosas decía siempre la abuela, luego te quedaba algo ahí en la cabeza que te seguía aunque ella se marchase.

Hoy la abuela lee en silencio a nuestro lado mientras responde a alguna que otra pregunta que le vamos haciendo.

– Hoy también pensamos, abuela, para hacer estas restas complicadas, ¿verdad? – Le pregunto, mientras veo como asiente lentamente.

– Abuela- dijo Julieta después de poner el índice en el mentón como hace mi madre- creo que he estado pensando… Entones, ¿debo estar pensando todo el rato para que mi cerebro no se pare?

– Julieta, no te debes preocupar ni un poco, lo que debéis hacer es buscar qué es lo que se os da mejor, lo que más os gusta hacer y entregaros a ello. Hacer lo que nos gusta no nos cuesta nada, nos hace concentrarnos y pensar sin darnos cuenta. Nuestra máquina en la cabeza entonces trabaja a toda marcha y aprendemos muchísimo.

– A mí me gusta bailar, pero mamá no quiere que baile todo el tiempo, dice que le pongo nerviosa- dije yo un poco entristecido.

– Entonces, mamá debería aprender a respetar tu “tiempo de baile”, igual que nosotros respetamos el tiempo en que ella se dedica a restaurar muebles antiguos.

– Sí, cuando se encierra en su taller, ella dice que el tiempo le pasa volando, y si entramos a pedirle cosas enseguida nos manda a papá y tenemos que salir pitando.

– Creo que yo me cansé de pensar tanto, prefiero jugar a las construcciones- dijo Julieta mientras bajaba de la silla – aunque, ¿si hago construcciones también estaré pensando?- exclamó de un saltó.

– ¡Si!- dije yo- ¿verdad, abuela?

– ¡Así es! Se piensa muchísimo haciendo construcciones, imagina que si aprendes suficiente podrías llegar a ser una gran arquitecta!

La abuela nos dejó jugar un poco con los bloques antes de volver a nuestra lista de restas interminable. A pesar de haber hablado mucho, no acabábamos de entender qué quería decir exactamente pensar, porque quería decir muchas cosas a la vez. Además, seguíamos creyendo que las restas llevando eran aburridas, y por eso nos costaba concentrarnos.

Cuando volvimos a rechistar, la abuela nos propuso un cambio:

– Haremos las restas de otro modo- dijo.

Así que nos fuimos a coger los trastos del mercado y la caja registradora de juguete y nos pasamos el resto de la tarde haciendo como que comprábamos cojines, botones y manzanas, hacíamos la lista de la compra, nos dábamos el cambio, mientras hacíamos sumas y restas sin darnos cuenta. La abuela ha seguido leyendo y mirando de reojo de vez en cuando hacia nuestro mercado, asegurándose de que contábamos todas la monedas. Creo que mi papá se ha enfadado un poco cuando ha llegado y ha visto la lista de restas sin hacer, pero cuando ha mirado a la abuela, no se ha atrevido a decirle nada.

Ya en la cama, cuando mi papá me ha venido a dar el beso de buenas noches, le he preguntado una cosa:

– Papá, ¿cuál es “tu tiempo”?

Y él me se me ha quedado mirando con una cara un tanto extraña, así que creo que no me ha entendido, y le he vuelto a preguntar:

– Sí, ¿cuál es tu “tiempo de hacer cosas que te gustan”?

A lo que mi padre ha respondido con una cara de no entender nada, un beso y un – ya me gustaría a mí…-

Anna Patata

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“Esta entrada participa en el I Certamen de Cuentos de Ciencia

organizado por el blog Cuantos y cuerdas”

 

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