Un baile (Anna Patata)

Aquest conte ha participat al 1º Certamen de Cuentos Geológicos (Geodivulgar)


Selene paseaba callada, suspirando como cada noche. No era lo suficientemente mayor como para ir sola por este mundo tan ancho, ni suficientemente pequeña como para ir de la mano de su mamá, así que miles de pequeñas estrellas la acompañaban desde una prudente distancia.

Su paseo era simple: rodeaba la Tierra una vez tras otra sobrevolando valles, montañas y mares en línea recta. Alguna noche intentaba trazar un camino diferente pero a pesar de sus esfuerzos, la ruta nunca cambiaba ni un solo centímetro.

Selene soñaba despierta, pues ella vivía casi siempre de noche, así que podía observarlo todo mientras el mundo dormía. Envidiaba a todos aquellos animales que veía descansar en sus nidos y cabañas, a través de las ramas, y se preguntaba qué sentiría si se quedase dormida como ellos, aunque fuese sólo un instante. Algunas veces, lograba pasear durante el día, y  los veía  andar, correr, nadar dentro del mar, desmelenarse al viento, saltar. Cuando observaba todos aquellos seres correteando en el agua y en el campo, sentía que se lo pasaban verdaderamente bien, y los envidiaba.

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Selene envidiaba todo cuanto le rodeaba, y se preguntaba por qué no podía ser ella como los demás y jugar, divertirse o bailar hasta quedar rendida. El silencio de la noche, aun la hacía sentir más sola y desdichada, y sus suspiros podían oírse entre las nubes.

Sin embargo, Selene ignoraba que era admirada por muchísima gente. Antes de dormir, niñas, niños y mayores se colgaban en la barandilla de sus balcones y se quedaban allí un buen rato, embobados, pensando en qué tendría al Luna para brillar de esa manera, en cómo podía volar tan alto, admirando sus formas cambiantes noche tras noche como una manzana que se iba recortando a bocados.

Así, mientras Selene suspiraba en silencio llena de envidia, muchísimas personas la envidiaban a su vez por su belleza.

Además, Selene se sentía desdichada porque vivía intensamente enamorada, tristemente enamorada de alguien a quien nunca encontraba: el Sol. Enloquecía con su luz, le revolvía su calor, le impresionaban sus rayos y su vigor. Cada vuelta que daba a la Tierra era un día entero en que lo buscaba en el horizonte; primero desde lejos y a cada paso, un poco más cerca. Intentaba correr, ir rápido para alcanzarlo, pero a pesar de sus esfuerzos, su paso era lento y preciso; tardaba siempre 28 días en dar una vuelta a la Tierra y durante ese camino se cruzaba una sola vez con el Sol . Sin embargo, cuando por fin se conseguía acercar lo suficiente a él le acababa dando la espalda, sin remedio, sin poder hacer nada contra ese imán  que la obligaba a hacer sus paseos siempre mirando a la Tierra, enseñándole siempre la misma cara triste y desesperada.

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El Sol, entonces, se ponía furioso; no lograba comprender como podía ser que una luna de esa estupenda belleza,  a la que todos admiraban, podía darle la espalda una vez tras otra sin siquiera inmutarse. Al enfadarse, su luz se volvía mucho más potente, y su fuerza era tal, que los mares podían llegarse a secar completamente.

Pensaba él que Selene era una luna vanidosa, que no valoraba su esfuerzo de iluminar el mundo entero, de proyectar su luz sobre ella para que también pudiera ser vista por la noche por todos aquellos ojos admirados.

Desde la Tierra todos podían observar también ese baile entre el Sol y la Luna, mientras se acercaban y se alejaban intentando cruzar sus miradas sin éxito. Los que la buscaban observaban cómo la Luna se volvía cada vez más oscura a medida que se acercaba a su compañero inalcanzable, hasta prácticamente desaparecer en el cielo. Después se vestía poco a poco de blanco a medida que pasaban las noches hasta cubrirse completamente de luz al quedar encarada al Sol, en el momento en que se encontraban más alejados y distantes. Los más observadores comprendían que la luz de la Luna no era más que el reflejo de la luz del Sol, que la iba iluminando de un costado a otro a lo largo de su baile.

Así que de esa manera pasaban los días y las noches, con un cielo surcado por una luna suspirando y un Sol enfadado que no encontraban el momento ni el lugar para contarse lo mucho que se admiraban y se echaban de menos.

Sin embargo, un buen día, o una buena noche podríamos decir, las estrellas, agudas observadoras, decidieron poner fin a aquella historia tan triste. Ellas tan lejanas pero presentes, empezaron a discutir cómo podían solucionar aquel problema, pero se encontraban tan lejos las unas de las otras y les constaba tanto verse en la penumbra, que no había manera de entenderse. La Tierra, después de oír largas conversaciones nocturnas i no poder pegar ojo, decidió que debían solucionar aquel embrollo. Así que, después de explicarles su propuesta, se armó de paciencia y se puso manos a la obra. Dedicó muchos meses a  calcular sigilosamente (un poquito cada día para no levantar sospechas) el momento en que quedaba situada justo en medio de ellos, mientras giraba alrededor del Sol y la Luna la envolvía con su baile. Llegó un día en que quedó en una posición perfecta alineada entre el Sol y la Luna y aprovechó para hablar cara a cara con ella, pero sin que el Sol furioso las pudiese oír. Temía la Tierra a aquella enorme bola de fuego que en realidad era un ser triste e incomprendido. Así pues, una buena noche, la Tierra eclipsó la luz del Sol y la Luna llena y redonda empezó a quedarse oscura para maravilla de todos, y fue así, en plena oscuridad, como le contó entre susurros cuánto el Sol la quería y cuantísimo la gente la admiraba. Le explicó que era ella la única que tenía esa luz blanca tan especial, que lograba gracias al resplandor del Sol, que se sentía a su vez muy enfadado al creer que ella ni se dignaba a mirarle. Le describió también las caras de admiración que veía cada noche colgadas en los balcones y la regañó por haber entristecido de esa manera, pues tenía el privilegio de ver el mundo desde el cielo, de observar cada detalle y conocer todas las historias. Justo después de la última palabra, la Tierra empezó a desplazarse y la Luna empezó a quedar de nuevo iluminada, pero con una luz ahora mucho más dulce y más cálida.

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La Tierra aprovechó la mañana siguiente para hablar con el Sol y explicarle, con todo detalle, la historia de la Luna. Le describió como de tristes eran los suspiros que flotaban en el aire y cómo de desdichada se sentía por no poder hacer todo lo que le gustaría. Le explicó también cuanto le quería a él y la impotencia que sentía cada vez que pasaba a su lado sin poder evitar darle la espalda.

En ese momento los dos astros comprendieron como de difícil era aquella historia, y, aunque deseaban con todas sus fuerzas acercarse y encontrarse por fin, comprendían que no podían dejar el mundo a oscuras, ni de día ni de noche. Recordaron todas las miradas encendidas que los observaban desde los nidos y ventanas, y todas aquellas caras de admiración y decidieron seguir en su lugar, continuar con ese baile interminable. A partir de ese momento, Selene dejó de suspirar y se dibujó en su rostro una suave sonrisa. También el Sol cambió su enfado por una alegría inmensa que notarás si cierras los ojos y notas el calor acogedor con que nos envuelve cada mañana.

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Ahora ya sabes que cuando alcances a ver un eclipse de Luna, la Tierra le debe estar contando algo importante a la Luna ¿Quizás el Sol quiera invitarla a un baile?

Anna Patata

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3 thoughts on “Un baile (Anna Patata)

  1. Retroenllaç: On és la lluna? (Jordi Amenós i Albert Arrayás) | CONTES I CIÈNCIA

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